sábado, 9 de noviembre de 2013

El Mercado



Cuando era más joven llegué a renegar de nuestros mercados: sucios, desordenados, estéticamente feos, como un reflejo de lo peor de nuestro atraso. Mis padres, siempre sabios, trataban de enseñarme que la frescura de los productos del mercado y los precios bajos eran una mejor opción para el bienestar de nuestra casa. Yo, que en esa época estaba convensidísima que la modernidad es sinónimo de progreso y que bienestar es vivir como viven en las películas, argumentaba que prefería pagar un poquito más con tal de disfrutar del olor a ambientador de lavanda y del sonido de la música de elevador de los supermercados.

Unos años después, por encargo de mi tío H.R.P., me embarqué en una pequeña investigación sociológica sobre los mercados. Cámara en mano, y ya habiendo comenzado a respirar los aires de despertares ideológicos, recogí testimonios de comerciantes, mujeres en busca de los ingredientes para el almuerzo, asesinos de pollos, empleadas del hogar. Los colores, olores y sonidos bombardeaban mis sentidos en claro intento de estimular esa corteza adormilada entre sueños de lavanda y música de elevador.

En ese momento comencé a apreciar el significado histórico, social y cultural que representa este espacio. Ahora es fácil pensar, tras el camino andado, en los mercados de los jueves y domingos allá en las alturas, cerca del cielo, donde las comunidades campesinas se hacen presente con lo mejor que la naturaleza les da y lo intercambian por otras necesidades o, los más, por dinero. En ese intercambio no existe sólo el producto o el valor; existen otras formas mucho más complejas e importantes: el reconocimiento del esfuerzo ajeno, la noticia del compadre que no se le veía hace siglos, la preocupación común por los problemas nacionales, la preocupación común por los problemas privados. La risa, el apretón de manos, el saborear regalos que da la tierra, el saborear el afecto.

Más aún ahora, metida en el oficio de la Salud Pública (mal que bien), aprecio este espacio como una reserva de algo tan importante que debería ser declarado Patrimonio de la Humanidad: La posibilidad de relacionarse con los alimentos verdaderos, aquellos que toman su tiempo en crecer, aquellos que necesitan del sol, de los fotones de luz, del aire, de la tierra, del cuidado esmerado, aquellos para los que nuestro cuerpo fue construido, aquellos cuyos colores y aromas son fruto de un diseño perfecto que tardó millones de años en completarse; aquellos que tardan lo que tienen que tardar en encontrar una pareja adecuada (lo mismo que nosotros) y reproducirse, aquellos que no nos hacen daño.

El mercado ayuda a recordar que somos parte de todo eso, que venimos del mismo árbol, que la nutrición no es una cuestión compleja -como ciertas grandes transnacionales quieren hacernos creer- y que el instinto de elegir adecuadamente qué llevarnos a la boca para no morir antes de tiempo aún yace ahí, latente, en algún lugar de nuestros cerebros confundidos por esta modernidad sobre-apreciada.

Imagen: VI Warkentin Photography

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martes, 11 de diciembre de 2012

Las Transparencias de la Manipulación

EJEMPLO DE MANIPULACIÓN TENDENCIOSA: Transparencia Internacional, informe anual: "Percepción de la Corrupción en el mundo". Notar Estados Unidos, Reino Unido, sus aliados (incluid. Israel) y los países nórdicos con Canadá (para ambos casos, la buena nota es creíble), aparecen en amarillo brillante (se percibe transparencia). El resto va de naranja (latinoamérica, Europa) a ultra rojo para el "Eje del Mal" (Iran, Corea del Norte, China, Rusia, Venezuela, Cuba, etc..) y algunas repúblicas africanas en guerra civil; (alta corrupción). La encuesta no es "Corrupción en el mundo", sino “PERCEPCIÓN de la corrupción en el mundo”, es decir, si yo percibo que el Perú es la potencia mundial con mayor expansión, eso iría en una encuesta sobre percepción de la expansión de las potencias mundiales, mas no la realidad. ¿Dónde está la manipulación? Pues, todos sabemos lo ligeros que son los medios para comunicar cosas delicadas, y todos sabemos la tendencia de las mayorías a creerse todo lo que dicen los medios sin leer la letra chiquita. Algunos también conocemos algunos de los pecadillos de Transparencia Internacional, pero eso es otro tema. Este mapa ya estuvo causando el efecto esperado (por Transparencia Internacional, supongo). No critico el trabajo, este mapa es muy interesante; dice sobretodo quienes tienen los ojos más abiertos o mayor inconformidad y quienes se siguen creyendo el cuento (en mi humilde opinión). También demuestra que hay una cierta libertad de expresión en China, Corea del Norte, Cuba o Venezuela, porque según escuché en esos lugares bárbaros te fusilan si te quejas. (Leer sarcasmo, por favor). Y critico la “formita” de colocar los títulos que llevan al lector menos atento a asumir errores. El gráfico va acompañado de: Governments must prioritise the fight against corruption. (Gobiernos deben priorizar la lucha contra la Corrupción). ¿Tengo razón o leo demasiado entre líneas?


Transparencia Internacional, Informe.

sábado, 7 de julio de 2012

Destroying Myths About Comunism 1

Te sound of the word "Comunism" causes a shiver in some people. Entire countries have a biased idea (or not idea at all) of what Comunism really is and how it looked back then when it was ruling one of the poles of the world.

I'm not writting a huge post full of arguments, political and philosophical reflexions. I will just leave a little video in the name of the music and all its lovers.

Click it, try it. Open your mind, don't let the bias guide you.

Comunism is portrayed as some obscure, scary, represive iron regime where people could not speak, decide or express their beliefs. Here is a recent festival in modern Russia, the year, 2010, a crowd of old and young people and a legendary band (now in their 50's and 60's) remembering the old times of the Soviet Union. The hammer and sickle hung as decorations, just watch their joy, the color, the contagious rithms. Do you think "victims" of a horrid regime could remember it with such enthusiasm? Just think about it! ;)

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sábado, 12 de mayo de 2012

Zsuzsanna Clark: Una infancia feliz en la Hungría Comunista

¿Opresivo y gris? NO, crecer en el comunismo fue la época más feliz de mi vida

Cuando la gente me pregunta cómo era crecer detrás del telón de acero en Hungría en los años setenta y ochenta, la mayoría espera escuchar cuentos de policía secreta, las colas de pan y otras declaraciones desagradables sobre la vida en un estado de partido único.


Ellos quedan siempre decepcionados cuando les explico que la realidad era muy diferente, y Hungría comunista, lejos de ser el infierno en la tierra, era en realidad, más bien un lugar divertido para vivir. Los comunistas proporcionaban a todos con trabajo garantizado, buena educación y atención médica gratuita. Pero quizá lo mejor de todo fue la sensación primordial de la camaradería, el espíritu que falta en mi adoptada Gran Bretaña y, de igual forma, cada vez que voy de regreso a la Hungría actual. Yo nací en una familia de clase trabajadora en Esztergom, una ciudad en el norte de Hungría, en 1968. Mi madre, Juliana, vino del este del país, la parte más pobre. Nacida en 1939, tuvo una infancia dura. Dejó la escuela a los 11 años y se fue directamente a trabajar en los campos. Ella recuerda haber tenido que levantarse a las 4 am para caminar cinco kilómetros para comprar una hogaza de pan. De niña, ella tenía tanta hambre que a menudo esperaban junto a la gallina hasta que pusiera un huevo. Entonces lo abría y se tragaba cruda la yema y la clara. […] Una de las mejores cosas fue la manera en que las oportunidades de ocio y vacaciones se abrieron a todos. Antes de la Segunda Guerra Mundial, las vacaciones estaban reservadas para las clases altas y medias. En los inmediatos años de la posguerra también, la mayoría de los húngaros estaban trabajando muy duro para reconstruir el país, las vacaciones estaban fuera de cuestión. En los años sesenta, como en muchos otros aspectos de la vida, las cosas cambiaron para mejor. A finales de la década, casi todo el mundo podía permitirse el lujo de marcharse, gracias a la red de subsidios a sindicatos, empresas y cooperativas de centros vacacionales. Mis padres trabajaban en Dorog, un pueblo cercano, por Hungaroton, una compañía discográfica de propiedad estatal, así que nos quedamos en el campamento de vacaciones de la fábrica en el lago Balaton, 'El mar húngaro'. El campamento era similar a la especie de colonias de vacaciones de moda en Gran Bretaña de la época, la única diferencia es que los huéspedes tuvieron que hacer su propio entretenimiento por las noches. Algunos de mis primeros recuerdos de la vida en el hogar son los animales que mis padres mantenían en la parcela. La cría de animales era algo que la mayoría de la gente hizo, así como el cultivo de hortalizas. Fuera de Budapest y las grandes ciudades, nosotros éramos una nación de “Tom y Barbara Goods”. (Nota de Pravda: Comparación anglosajona basada en una famosa sitcom de la BBC de los años 70, “The Good Life”, en la que la familia es autosuficiente)

Mis padres tenían alrededor de 50 pollos, cerdos, conejos, patos, palomas y gansos. Hemos mantenido los animales no sólo para alimentar a nuestra familia, sino también para vender la carne a nuestros amigos. Se utilizaron las plumas de ganso para almohadas y edredones. El gobierno entendió el valor de la educación y la cultura. Antes de la llegada del comunismo, las oportunidades para los hijos de los campesinos y la clase obrera urbana, como yo, para ascender en la escala educativa eran limitadas. Todo eso cambió después de la guerra. […] Yo amaba mis días escolares, y en particular mi membresía en los Pioneros - un movimiento común para todos los países comunistas. Muchos en Occidente creyeron que era un burdo intento de adoctrinar a los jóvenes con la ideología comunista, pero siendo pioneros nos enseñaron habilidades valiosas para la vida tales como la creación de amistades y la importancia de trabajar para el beneficio de la comunidad. “Juntos uno para el otro” era nuestro lema, y así fue como se nos animaba a pensar. Como pionero, si obtenías buenos resultados en tus estudios, en el trabajo comunal o en competiciones escolares, podías ser premiado con un viaje a un campamento de verano. Yo iba todos los años porque participaba en casi todas las actividades de la escuela: competiciones, gimnasia, atletismo, coro, fotografía, literatura y biblioteca. En nuestra última noche en el campamento de Pioneros cantábamos canciones alrededor de la hoguera, como el himno Pionero: 'Mint a mokus fenn a fan, az uttoro oly vidam' (“Somos tan felices como una ardilla en un árbol”), y otros canciones tradicionales. Nuestros sentimientos siempre fueron mezclados: tristeza ante la perspectiva de irnos, pero contentos ante la idea de ver a nuestras familias. Hoy en día, incluso los que no se consideran comunistas miran hacia atrás en sus días de pioneros con mucho cariño. […] La Cultura se consideró como extremadamente importante por el gobierno. Los comunistas no quieren restringir las cosas buenas de la vida para las clases altas y medias - lo mejor de la música, la literatura y la danza eran para el disfrute de todos. Esto significó subvenciones generosas para las instituciones, incluyendo orquestas, óperas, teatros y cines. Los precios de las entradas estaban subvencionados por el Estado, por lo que las visitas a la ópera y el teatro eran asequibles. Se abrieron ‘Casas de la Cultura’ en cada pueblo y ciudad, también provinciales, para que la clase trabajadora, como mis padres, pudieran tener fácil acceso a las artes escénicas, así como a los mejores intérpretes. La programación en la televisión húngara reflejaba la prioridad del régimen para llevar la cultura a las masas, sin estupidización. Cuando yo era adolescente, la noche del sábado en prime time por lo general significaba ver una aventura de Julio Verne, un recital de poesía, un espectáculo de variedades, una obra de teatro en vivo, o una sencilla película de Bud Spencer.


[…] Como la mayoría de la gente en la era comunista, mi padre no estaba obsesionado con el dinero. Como mecánico él se encargó de cobrar a la gente con justicia. Una vez vi un coche averiado con el capó abierto - un espectáculo que siempre levantó su corazón. Pertenecía a un turista de Alemania Occidental. Mi padre arregló el coche pero se negó a cobrarle, incluso con una botella de cerveza. Para él era natural que a nadie se le ocurriera aceptar dinero por ayudar a alguien en apuros. Cuando el comunismo en Hungría terminó en 1989, no sólo fui sorprendida, también estaba entristecida, al igual que muchos otros. Sí, había gente marchando en contra del gobierno, pero la mayoría de la gente común - yo y mi familia incluida - no participó en las protestas. Nuestra voz - la voz de aquellos cuyas vidas fueron mejoradas por el comunismo - rara vez se escucha cuando se trata de discusiones sobre cómo era la vida detrás del Telón de Acero. En cambio, los relatos que se escuchan en el Occidente son casi siempre desde la perspectiva de emigrantes ricos o los disidentes anti-comunistas con un interés personal. El comunismo en Hungría tuvo su lado negativo. Si bien los viajes a otros países socialistas no tenían ninguna restricción, viajar hacia el oeste era problemático y sólo estaba permitido cada dos años. Pocos húngaros (me incluyo) disfrutaron de las clases de ruso obligatorias. Había restricciones menores y capas innecesarias de burocracia y la libertad para criticar al gobierno estaba limitada. Sin embargo, a pesar de esto, creo que, en su conjunto, los aspectos positivos superan a los negativos. Veinte años después, la mayor parte de estos logros han sido destruidos. Las personas ya no tienen estabilidad en el empleo. La pobreza y la delincuencia van en aumento. Personas de clase trabajadora ya no pueden permitirse el lujo de ir a la ópera o el teatro. Al igual que en Gran Bretaña, la televisión ha atontado en un grado preocupante - irónicamente, nunca hemos tenido Gran Hermano bajo el comunismo, pero lo tenemos hoy. Y lo más triste de todo, el espíritu de camaradería que una vez se disfrutó casi ha desaparecido. En las últimas dos décadas es posible que hayamos ganado los centros comerciales, la 'democracia' multipartidista, los teléfonos móviles e Internet. Pero hemos perdido mucho más.

Fuente: http://elpravda.blogspot.com/2012/03/opresivo-y-gris-no-crecer-en-el.html

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lunes, 26 de marzo de 2012

EL GORRION


(Francisco Izquierdo Ríos, Saposoa, Perú, 1910 - 1981)



José Vilca tenía mala suerte. No encontraba trabajo. Hacía tiempo que lo venía buscando por todo Lima. En los restaurantes le decían que el personal de mozos estaba completo o que había llegado tarde.

"¡Qué suerte!— se lamentaba José Vilca. Si hubiera venido a tiempo ya tendría trabajo... Siquiera algo de comer..."

Y como un pesado escarabajo se movía por las calles de la ciudad, con los zapatos rotos, por cuyos agujeros miraban sus dedos tímidamente la vida, con el traje de color ambiguo y raído, sin sombrero, el pelo muy crecido como las zarzas de las cercas de su pueblo, pues no tenía dinero ni para hacércelo cortar.

José Vilca sabía leer. Así que una tarde, al pasar frente a una regia mansión, se fijó en un cartelito colgado en la reluciente verja de hierro: "SE NECESITA UN HOMBRE PARA CUIDAR PERROS". Iba a tocar el timbre, pero se desanimó pensando que no lo aceptarían; su dedo índice que iba a oprimir el botón se contuvo con desgano... No estaba en condiciones ni para cuidar perros...

Algunas veces trabajaba alcanzando adobes y ladrillos en las construcciones de casas que encontraba a su paso. Ganaba unos cuantos reales.1 Pero esta clase de trabajo no le convenía. Y continuaba deambulando como un perro sin dueño, recibiendo pedazos de pan que le daban algunos compadecidos parroquianos en los restaurantes o recogiendo las cáscaras de frutas que arrojaban los hombres felices en los parques y las calles, para comérselas con avidez. Tenía vergüenza de pedir... En una ocasión, en un café, un hombre gordo le dijo: "¡Lárgate de aquí, vagabundo! Un mozo como tú debe ganarse la vida trabajando".

Cuando llegó de su pueblo había tenido ocupación. Vendía helados D'Onofrio. Con gorra negra, guardapolvo blanco, depósito rodante y corneta, iba vendiendo la mercancía por esas calles. Pero una mañana su carretilla fue hecha añicos en una esquina por un auto particular; y no le destrozó a él, ya que en ese momento, por ventura, entregaba el vuelto a un cliente en la acera. Vilca no fue más a la fábrica de helados, desapareció en el laberinto de la urbe. De esa época guardaba un recuerdo: una fotografía. Se hizo retratar con su traje de heladero, apoyado en su triciclo, en el Parque Universitario por un fotógradfo ambulante. Vilca siempre contemplaba con ironía el retrato, que llevaba envuelto en un pedazo de periódico en el bolsillo del pantalón. Estaba allí sonriente, con su cara ancha... Había enviado otro igual a su pueblo, a sus padres, que él se figuraba estaría colocado en la pared más visible de su casucha, con su apenas comprensible leyenda: "José Vilca. Lima, 15 de Abril de 1950". Sus conterráneos, seguramente, sentían envidia al ver esa fotografía... ¡José Vilca está en Lima, la más hermosa ciudad del Perú!

Vilca rehuía a sus paisanos. Muchos de ellos eran policías, mozos de hoteles, de restaurantes, sastres. Y hasta en la Baja Policía había de Hualpa, su pueblo. El también ingresaría en la Baja Policía para ir recogiendo la basura, los desperdicios de las casas, en esos ventrudos y silbadores carros municipales. Pero habría que ir a ver al Alcalde, a los empleados del Concejo, buscar una recomendación... Y quizá tampoco habría vacantes.

Un día que estuvo parado junto a un cinema le convencieron para que hiciera propaganda a la película "El Monstruo y el Simio". Le vistieron de monstruo. Forrado con una serie de placas de zinc y tornillos —sólo se le veían los ojos— se fue por esas calles, trac, trac, trac, seguido por otro hombre tan infortunado como él, vestido de mono. Casi se asfixia... Al término de la faena estaba molido, pero tenía cinco soles en el bolsillo,.. Con todo, Vilca se alejó, avergonzado, diciendo: "No más esto... ¡No más!...".

Dormía como un gallinazo donde lo cogían la noche y el sueño. Sobre todo bajo los gruesos árboles del Parque de los Garifos2, donde muchos como él ocultan el cofre de su miseria. Un día invernal, a orillas del Rímac, por poco rompe a llorar; ese río, el rumor de sus aguas turbias y violentas, le traía la emoción de su tierra lejana.. Igual sonaba el río que corre en las afueras de su pueblo por entre álamos y capulíes... ¿Por qué diablos vino a Lima? En busca de porvenir, de un mejor porvenir que podría tener en su mediterránea aldea de la serranía agreste, como lo hace la mayoría de la juventud lugareña del Perú... Lima es la meca soñada por todos...

Ya la vida para él no tenía significado. No valía la pena. Debía eliminarse. Pensó en el suicidio. Esa idea se fue haciendo su obsesión... Allí estaban las ruedas de los carros o el mar... ¡El mar con sus aguas azules! ¡Qué linda tumba para un vagabundo!... La muerte... Y terminar, dejar de ser... Mejor era eso que estar sufriendo y dando lástima.

Ya no se preocupaba por buscar trabajo. Comía las cáscaras frescas de las frutas que encontraba en su recorrido, para aplacar un poco siquiera ese terrible deseo de su estómago. Ese deseo que lleva a los hombre hasta el crimen. ¡Hambre! ¡Pan!... ¡Sed! Al fin ésta la calmaba en las fuentes de las plazuelas, bastándole para ello ponerse en cuclillas y recibir el agua... Pero lo otro... Un día intentó asaltar en una calle solitaria de Abajo el Puente3 a un niño que vendía frutas. Era un niño y se contuvo, un niño serrano y pobre como él.

Aquella tarde se sentó bajo un árbol del Parque de los garifos. Con cierto deleite miraba pasar los chirriantes tranvías uno tras otro. "Es la única solución", se dijo. Su alma era un abismo de debilidad y de sombras. De pronto, en el ramaje del árbol a cuyo tronco estaba recostado, cantó un gorrión, cantó y cantó. El claro canto del pájaro bajaba del árbol como un chorro de agua a la fuente seca, llena de polvo, de su alma. José Vilca sonrió. Se levantó. Parecía mentira que un gorrión estuviese cantando en una ciudad tan grande y cruel, tan sorda al dolor humano. ¡No podía ser! Los pájaros, felices, inocentes, sólo debían existir en los campos, en los pueblos, pensaba Vilca. Sin embargo, allí estaba el gorrión cantando oculto en el ramaje. Una sensación de frescura invadió, inundó su alma, su cuerpo. El canto de ese gorrión era idéntico al de los gorriones de su tierra... de aquellos que, cantando al amanecer en los nogales y chirimoyos de la huerta de su casa, lo despertaban siempre. Vilca recordó, entonces, su niñez, su hogar... los campos verdes... la vaca que ordeñaba por las madrugadas, cuya leche espumosa y caliente le humedecía, al derramarse, las manos... Un rayo de esperanza brilló en sus ojos. Se dio cuenta de la hermosura del ambiente, de la alegría de los niños que jugaban a su rededor, que los árboles del parque estaban florecidos, cuyas flores lilas, caídas al viento, cubrían como una maravillosa alfombra el verde césped...
Un sudor frío perló su frente. Nublóse su vista. Se sentó bajo el mismo árbol y se quedó dormido... Al despertar, José Vilca era otro hombre; con paso firme se metió en la urbe.

NOTAS:

1.Reales. Un real se le decía a la moneda de 10 centavos, una peseta era la de 20.
2.Parque de los garifos. Antiguo nombre de un parque en el centro de Lima. Garifo. que no tiene dinero en ese momento.
3.Abajo el Puente. Antiguamente así llamaban los vecinos de Lima al distrito del Rimac.

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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Hoy me pasó algo muy extraño...

Hoy sucedió algo muy extraño cuando regresaba a casa en la tarde. Hacía mil cosas ya de salida en Miraflores, cuando recordé que eran las 4:30 y no había almorzado. Encontré ese puestito humilde donde preparan unos jugos de fruta con leche decentes y además te cobran mas o menos lo que en realidad debería costar un jugo de fruta con leche.


Antes de continuar con el relato, y para que entiendan por qué esta historia es muy extraña, deben dejarme llevarlos dos años atrás, ya caida la noche de un martes típico, en la semanal reunión del grupo de la Doctora Quiñonez.



Esa noche uno de los doctores había traído una lectura que a primera y ligera vista, poco tenía que ver con ciencia. Era una lectura acerca del desarrollo moral del ser humano.

Para hacer esto corto, lo que me impactó de ese texto, fue que pintaba perfectamente los distintos tipos de personas con los que nos topamos a diario. Desde el que va rápido, sobreviviendo el día a día, hasta el que no puede dormir pensando en los problemas de la humanidad. Está aque pobre de espíritu moral; en este sujeto, priman las reacciones instintivas. Es colérico, agresivo, territorial. Está también aquel de espíritu más elevado, en la cumbre de los cuales se encuentran los grandes sabios de la historia, como Sócrates, que antes de morir dejó prueba de haber perdonado a sus asesinos.

Hasta ese momento yo me estaba creyendo la dueña de un espíritu moral bastante aceptable, pero aquello de perdonar a tus asesinos (injustamente asesinos) parecía mas bien tonto. En fin, siempre recordé aquellas líneas.

Entonces, volviendo al relato, me paré en la cola, esperé pacientemente y con hambre que atendieran a la persona que se encontraba primero. Ella terminó y me disponía a pedir mi orden, cuando una mujer de unos treinta y tantos años, bajita y rechoncha, con cabello pintado de amarillo y colorete muy fucsia se coloca delante mío y le pide al chico del mostrador algo para ella y para otra mujer que la acompañaba.


Como desde pequeña mamá siempre me decía que "hijita, hay que educar a la gente, algo se les queda" procedí a señalarle, amablemente, que yo me encontraba primero y que lo más lógico era esperar su turno. La mujer quedó confundida, extrañada, como si pocas veces en su vida alguien le hubiera dicho que hacía algo malo, que era una persona que no respetaba el orden natural de las cosas. Reaccionó y balbuceó algo que luego se convirtió en un grito. Su discurso era algo así:


"Bueno yo no te vi, pues, ¿qué quieres que haga si no te veo? Y yo puedo pedir, ya que me despachen es otra cosa... Amigo, despáchale a la señorita para que deje de quejarse, para que deje de hablar, ¿ya?"


A lo que el "amigo" respondió con indiferencia por la escena y le vendió lo que pedía.


"Gracias, amigo, despáchale a la %$%$%& para que se deje de hablar..."


Fue chocante, en principio, luego sentí como que había salido de este mundo y había entrado en uno horrible.


"Señora, no sea malcriada, que verguenza, debería quedarse callada..."


"¿Malcriada?, ¿Quieres que me ponga malcriada? Déjate de ser malcriada tú o te meto un puñete, ya sabes, pa' que veas lo malcriada que soy, ah sí porque yo soy bien malcriada ·$$·%$%&..."


Mi segunda reacción luego del desconcierto fué de cólera, una rabia inmensa por ser insultada, amenazada de agresión física, y todo por tratar de "civilizar" a una mujer inculta, estúpida, fea, gorda, barata y todo lo que se me vino a la cabeza con esa cólera visceral. Lo que sucedió inmediatamente después, es lo extraño de la historia...


Justo cuando comenzaba a decirle que la amenaza verbal de agresión física también es un causal de denuncia policial, me vino un flashback de aquella noche en la biblioteca del Hospital del Niño, con el grupo de la Doctora Quiñonez. Recordé la lectura, el desarrollo moral de los seres humanos, y ese recuerdo hiló en cadena el recuerdo de todas las enseñanzas de la Doctora, que por más diversas que sean, por más que abarquen los campos más discímiles de la ciencia, regresan a un mismo punto: Entender al ser humano de una forma holística, en la que las moléculas no pueden ser separadas de los sentimientos, el desarrollo de las oportunidades, el crecimiento de la justicia con la que fue concebido y criado. Y fue entonces, que me entró una gran pena.


Fué tan extraño, que yo misma me sorprendí ahí mismo, parada en un kiosquito de una calle entre Larco y Shell. Sentí una pena inmensa por esta persona gritando cosas inintelegibles, pues me di cuenta que esa reacción pobre respondía a su propia incapacidad de mecanismos intelectuales más sofisticados, lo que a su vez me llevaba a comprender que esa incapacidad era la consecuencia de una grave injusticia (social, cultural, humana) en la que ella no había tenido la oportunidad de lograr un desarrollo esmerado, su potencial fue arruinado, desechado tan antes de tiempo.


No digo con esto, por supuesto, que me parezca en lo más mínimo a Sócrates (excepto por la convincción de que sólo sé que nada sé), digo mas bien, que es increíble, pero esas reuniones de los martes con la Doctora han cambiado mi forma de percibir al ser humano, a la ciencia, al universo. Gracias a ella y a mis compañeros del Ágora por entenderlo y transmitirlo. Le dedico este post a la doctorita por su ochentaynosecuatoavo cumpleaños.

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lunes, 25 de enero de 2010

Las Montañas


Caminando sobre un mar de lodo en la ciudad que está exactamente al centro de todo, donde todo comenzó y donde todo terminó, renegando un poco de su falta de ciudad, y ahí fue, en el momento en que dejé de cuidar por cual parte del lodo pisaba y levanté mi vista, tal vez en busca de más de esas horribles nubes grises, cuando un rayito pequeño de sol guió mi mirada hacia las montañas verdes que rodean la ciudad, que la cercan, que están allá arriba como mirando un poco burlonas el barro y los carros viejos y nuevos que cruzan las pistas medio rotas.
Mirando con un poco de ganas las montañas se ven clarísimo los andenes y las pequeñas casitas de barro que van apareciendo en sus faldas. Huecos en las nubes grises dan paso a rayos de luz que hacen su verde más verde. Y ahí es. En ese momento entendí que no debía preocuparme. No es que vivir la realidad de mi sueño me haya hecho bajar de las nubes. Es que estoy aún muy lejos de las nubes.
El Cusco es una ciudad simpática, pero no deja de ser un pueblo. Medio bonito, a veces, para qué. Pero estar en la ciudad-corazón-del-Perú no es en realidad lo que estaba buscando. La tarde del lodo entendí que esas montañas son las que están llamando. Allá es donde late el verdadero corazón. Allá es donde están esas personas que son las que me animan a estudiar, y a luchar contra mi problema de concentración.
Las montañas… las he visto… uno va, por una semana, y se siente bien consigo mismo, y siente que ha aprendido mucho, y siente que tal vez, derrepente, ha hecho algo, un poquito, poquitísimo, por cambiar la vida de alguien. Y al cabo de la semana baja, y da tristeza, pero también alivio, pues espera una ducha caliente, y la vida, la vida. Y en esos momentos parece increíble que hay personas allá, aún, que no bajan, para ellas ésa es la vida. Y a veces me pregunto qué tan astuto es. Era astuto hace quinientos, mil años, pero la vida pasó de largo por esas montañas atrapadas en el tiempo y a veces parece que no hay nada que se pueda hacer. ¿Ellos son como el abuelo que dice que no dejará su casa, aunque sabe que en cualquier momento se la llevará el rio, o le caerá una gran roca encima? El abuelo dice que él mismo construyó esa casa, con sus propias manos, y que morirá ahí, ahí sabe cómo vivir… aunque no llegue internet ni agua potable.
Pero en las montañas, en esas viejas casas, no son abuelos los únicos que viven, sino niños. Niños como mi propio –hipotético- hermano. Bebés llenos de vida y luz en los ojos. Luz que se va apagando día a día.
Habría que llevar el internet y el agua potable lo más rápido posible.


Imagen: amb-perou

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