El Mercado
Cuando era más joven llegué a renegar de nuestros mercados: sucios, desordenados, estéticamente feos, como un reflejo de lo peor de nuestro atraso. Mis padres, siempre sabios, trataban de enseñarme que la frescura de los productos del mercado y los precios bajos eran una mejor opción para el bienestar de nuestra casa. Yo, que en esa época estaba convensidísima que la modernidad es sinónimo de progreso y que bienestar es vivir como viven en las películas, argumentaba que prefería pagar un poquito más con tal de disfrutar del olor a ambientador de lavanda y del sonido de la música de elevador de los supermercados.
Unos años después, por encargo de mi tío H.R.P., me embarqué en una pequeña investigación sociológica sobre los mercados. Cámara en mano, y ya habiendo comenzado a respirar los aires de despertares ideológicos, recogí testimonios de comerciantes, mujeres en busca de los ingredientes para el almuerzo, asesinos de pollos, empleadas del hogar. Los colores, olores y sonidos bombardeaban mis sentidos en claro intento de estimular esa corteza adormilada entre sueños de lavanda y música de elevador.
En ese momento comencé a apreciar el significado histórico, social y cultural que representa este espacio. Ahora es fácil pensar, tras el camino andado, en los mercados de los jueves y domingos allá en las alturas, cerca del cielo, donde las comunidades campesinas se hacen presente con lo mejor que la naturaleza les da y lo intercambian por otras necesidades o, los más, por dinero. En ese intercambio no existe sólo el producto o el valor; existen otras formas mucho más complejas e importantes: el reconocimiento del esfuerzo ajeno, la noticia del compadre que no se le veía hace siglos, la preocupación común por los problemas nacionales, la preocupación común por los problemas privados. La risa, el apretón de manos, el saborear regalos que da la tierra, el saborear el afecto.
Más aún ahora, metida en el oficio de la Salud Pública (mal que bien), aprecio este espacio como una reserva de algo tan importante que debería ser declarado Patrimonio de la Humanidad: La posibilidad de relacionarse con los alimentos verdaderos, aquellos que toman su tiempo en crecer, aquellos que necesitan del sol, de los fotones de luz, del aire, de la tierra, del cuidado esmerado, aquellos para los que nuestro cuerpo fue construido, aquellos cuyos colores y aromas son fruto de un diseño perfecto que tardó millones de años en completarse; aquellos que tardan lo que tienen que tardar en encontrar una pareja adecuada (lo mismo que nosotros) y reproducirse, aquellos que no nos hacen daño.
El mercado ayuda a recordar que somos parte de todo eso, que venimos del mismo árbol, que la nutrición no es una cuestión compleja -como ciertas grandes transnacionales quieren hacernos creer- y que el instinto de elegir adecuadamente qué llevarnos a la boca para no morir antes de tiempo aún yace ahí, latente, en algún lugar de nuestros cerebros confundidos por esta modernidad sobre-apreciada.
Imagen: VI Warkentin Photography
Etiquetas: alimentos, comida, frutas, mercado, nutrición, perú, salud, salud pública, sociología



0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio