Hoy me pasó algo muy extraño...
Hoy sucedió algo muy extraño cuando regresaba a casa en la tarde. Hacía mil cosas ya de salida en Miraflores, cuando recordé que eran las 4:30 y no había almorzado. Encontré ese puestito humilde donde preparan unos jugos de fruta con leche decentes y además te cobran mas o menos lo que en realidad debería costar un jugo de fruta con leche.
Antes de continuar con el relato, y para que entiendan por qué esta historia es muy extraña, deben dejarme llevarlos dos años atrás, ya caida la noche de un martes típico, en la semanal reunión del grupo de la Doctora Quiñonez.

Esa noche uno de los doctores había traído una lectura que a primera y ligera vista, poco tenía que ver con ciencia. Era una lectura acerca del desarrollo moral del ser humano.
Para hacer esto corto, lo que me impactó de ese texto, fue que pintaba perfectamente los distintos tipos de personas con los que nos topamos a diario. Desde el que va rápido, sobreviviendo el día a día, hasta el que no puede dormir pensando en los problemas de la humanidad. Está aque pobre de espíritu moral; en este sujeto, priman las reacciones instintivas. Es colérico, agresivo, territorial. Está también aquel de espíritu más elevado, en la cumbre de los cuales se encuentran los grandes sabios de la historia, como Sócrates, que antes de morir dejó prueba de haber perdonado a sus asesinos.
Hasta ese momento yo me estaba creyendo la dueña de un espíritu moral bastante aceptable, pero aquello de perdonar a tus asesinos (injustamente asesinos) parecía mas bien tonto. En fin, siempre recordé aquellas líneas.
Entonces, volviendo al relato, me paré en la cola, esperé pacientemente y con hambre que atendieran a la persona que se encontraba primero. Ella terminó y me disponía a pedir mi orden, cuando una mujer de unos treinta y tantos años, bajita y rechoncha, con cabello pintado de amarillo y colorete muy fucsia se coloca delante mío y le pide al chico del mostrador algo para ella y para otra mujer que la acompañaba.
Como desde pequeña mamá siempre me decía que "hijita, hay que educar a la gente, algo se les queda" procedí a señalarle, amablemente, que yo me encontraba primero y que lo más lógico era esperar su turno. La mujer quedó confundida, extrañada, como si pocas veces en su vida alguien le hubiera dicho que hacía algo malo, que era una persona que no respetaba el orden natural de las cosas. Reaccionó y balbuceó algo que luego se convirtió en un grito. Su discurso era algo así:
"Bueno yo no te vi, pues, ¿qué quieres que haga si no te veo? Y yo puedo pedir, ya que me despachen es otra cosa... Amigo, despáchale a la señorita para que deje de quejarse, para que deje de hablar, ¿ya?"
A lo que el "amigo" respondió con indiferencia por la escena y le vendió lo que pedía.
"Gracias, amigo, despáchale a la %$%$%& para que se deje de hablar..."
Fue chocante, en principio, luego sentí como que había salido de este mundo y había entrado en uno horrible.
"Señora, no sea malcriada, que verguenza, debería quedarse callada..."
"¿Malcriada?, ¿Quieres que me ponga malcriada? Déjate de ser malcriada tú o te meto un puñete, ya sabes, pa' que veas lo malcriada que soy, ah sí porque yo soy bien malcriada ·$$·%$%&..."
Mi segunda reacción luego del desconcierto fué de cólera, una rabia inmensa por ser insultada, amenazada de agresión física, y todo por tratar de "civilizar" a una mujer inculta, estúpida, fea, gorda, barata y todo lo que se me vino a la cabeza con esa cólera visceral. Lo que sucedió inmediatamente después, es lo extraño de la historia...
Justo cuando comenzaba a decirle que la amenaza verbal de agresión física también es un causal de denuncia policial, me vino un flashback de aquella noche en la biblioteca del Hospital del Niño, con el grupo de la Doctora Quiñonez. Recordé la lectura, el desarrollo moral de los seres humanos, y ese recuerdo hiló en cadena el recuerdo de todas las enseñanzas de la Doctora, que por más diversas que sean, por más que abarquen los campos más discímiles de la ciencia, regresan a un mismo punto: Entender al ser humano de una forma holística, en la que las moléculas no pueden ser separadas de los sentimientos, el desarrollo de las oportunidades, el crecimiento de la justicia con la que fue concebido y criado. Y fue entonces, que me entró una gran pena.
Fué tan extraño, que yo misma me sorprendí ahí mismo, parada en un kiosquito de una calle entre Larco y Shell. Sentí una pena inmensa por esta persona gritando cosas inintelegibles, pues me di cuenta que esa reacción pobre respondía a su propia incapacidad de mecanismos intelectuales más sofisticados, lo que a su vez me llevaba a comprender que esa incapacidad era la consecuencia de una grave injusticia (social, cultural, humana) en la que ella no había tenido la oportunidad de lograr un desarrollo esmerado, su potencial fue arruinado, desechado tan antes de tiempo.
No digo con esto, por supuesto, que me parezca en lo más mínimo a Sócrates (excepto por la convincción de que sólo sé que nada sé), digo mas bien, que es increíble, pero esas reuniones de los martes con la Doctora han cambiado mi forma de percibir al ser humano, a la ciencia, al universo. Gracias a ella y a mis compañeros del Ágora por entenderlo y transmitirlo. Le dedico este post a la doctorita por su ochentaynosecuatoavo cumpleaños.
Etiquetas: ciencia, cólera, curiosidades

