Las Montañas

Caminando sobre un mar de lodo en la ciudad que está exactamente al centro de todo, donde todo comenzó y donde todo terminó, renegando un poco de su falta de ciudad, y ahí fue, en el momento en que dejé de cuidar por cual parte del lodo pisaba y levanté mi vista, tal vez en busca de más de esas horribles nubes grises, cuando un rayito pequeño de sol guió mi mirada hacia las montañas verdes que rodean la ciudad, que la cercan, que están allá arriba como mirando un poco burlonas el barro y los carros viejos y nuevos que cruzan las pistas medio rotas.
Mirando con un poco de ganas las montañas se ven clarísimo los andenes y las pequeñas casitas de barro que van apareciendo en sus faldas. Huecos en las nubes grises dan paso a rayos de luz que hacen su verde más verde. Y ahí es. En ese momento entendí que no debía preocuparme. No es que vivir la realidad de mi sueño me haya hecho bajar de las nubes. Es que estoy aún muy lejos de las nubes.
El Cusco es una ciudad simpática, pero no deja de ser un pueblo. Medio bonito, a veces, para qué. Pero estar en la ciudad-corazón-del-Perú no es en realidad lo que estaba buscando. La tarde del lodo entendí que esas montañas son las que están llamando. Allá es donde late el verdadero corazón. Allá es donde están esas personas que son las que me animan a estudiar, y a luchar contra mi problema de concentración.
Las montañas… las he visto… uno va, por una semana, y se siente bien consigo mismo, y siente que ha aprendido mucho, y siente que tal vez, derrepente, ha hecho algo, un poquito, poquitísimo, por cambiar la vida de alguien. Y al cabo de la semana baja, y da tristeza, pero también alivio, pues espera una ducha caliente, y la vida, la vida. Y en esos momentos parece increíble que hay personas allá, aún, que no bajan, para ellas ésa es la vida. Y a veces me pregunto qué tan astuto es. Era astuto hace quinientos, mil años, pero la vida pasó de largo por esas montañas atrapadas en el tiempo y a veces parece que no hay nada que se pueda hacer. ¿Ellos son como el abuelo que dice que no dejará su casa, aunque sabe que en cualquier momento se la llevará el rio, o le caerá una gran roca encima? El abuelo dice que él mismo construyó esa casa, con sus propias manos, y que morirá ahí, ahí sabe cómo vivir… aunque no llegue internet ni agua potable.
Pero en las montañas, en esas viejas casas, no son abuelos los únicos que viven, sino niños. Niños como mi propio –hipotético- hermano. Bebés llenos de vida y luz en los ojos. Luz que se va apagando día a día.
Habría que llevar el internet y el agua potable lo más rápido posible.
Mirando con un poco de ganas las montañas se ven clarísimo los andenes y las pequeñas casitas de barro que van apareciendo en sus faldas. Huecos en las nubes grises dan paso a rayos de luz que hacen su verde más verde. Y ahí es. En ese momento entendí que no debía preocuparme. No es que vivir la realidad de mi sueño me haya hecho bajar de las nubes. Es que estoy aún muy lejos de las nubes.
El Cusco es una ciudad simpática, pero no deja de ser un pueblo. Medio bonito, a veces, para qué. Pero estar en la ciudad-corazón-del-Perú no es en realidad lo que estaba buscando. La tarde del lodo entendí que esas montañas son las que están llamando. Allá es donde late el verdadero corazón. Allá es donde están esas personas que son las que me animan a estudiar, y a luchar contra mi problema de concentración.
Las montañas… las he visto… uno va, por una semana, y se siente bien consigo mismo, y siente que ha aprendido mucho, y siente que tal vez, derrepente, ha hecho algo, un poquito, poquitísimo, por cambiar la vida de alguien. Y al cabo de la semana baja, y da tristeza, pero también alivio, pues espera una ducha caliente, y la vida, la vida. Y en esos momentos parece increíble que hay personas allá, aún, que no bajan, para ellas ésa es la vida. Y a veces me pregunto qué tan astuto es. Era astuto hace quinientos, mil años, pero la vida pasó de largo por esas montañas atrapadas en el tiempo y a veces parece que no hay nada que se pueda hacer. ¿Ellos son como el abuelo que dice que no dejará su casa, aunque sabe que en cualquier momento se la llevará el rio, o le caerá una gran roca encima? El abuelo dice que él mismo construyó esa casa, con sus propias manos, y que morirá ahí, ahí sabe cómo vivir… aunque no llegue internet ni agua potable.
Pero en las montañas, en esas viejas casas, no son abuelos los únicos que viven, sino niños. Niños como mi propio –hipotético- hermano. Bebés llenos de vida y luz en los ojos. Luz que se va apagando día a día.
Habría que llevar el internet y el agua potable lo más rápido posible.
Imagen: amb-perou

