martes, 14 de julio de 2009

Por este camino, derechito

La gente del interior es tan exótica y agradable al paladar como los nombres de sus ciudades. Amambaí, Jaraguari, Taquarussu o Vicentina. Son un mundo de gente. Es un mundo de tierra, verde, azul, dorada, sin mar. No me parece Brasil. No me parece ningún lugar de la Tierra. Es hermoso, pero a la vez desesperante. Si lo atraviesas en auto, este gigante no tiene cuando acabar. Podemos viajar por doce días y no llegar a ningún lado. Podemos conversar con las almas del camino en portugués cerrado, mirar la bandera brasileña balancearse al viento en algún lanchonete bañado de sol, y aún así todo parecerá un sueño remoto. Por momentos mi sueño se transformaba en pesadilla. Horrorizada con la belleza tranquila de esta interminable tierra. Paisajes sacados de un cuadro impresionista, parecía otro lugar. Puedo decir que nunca podré estar más cerca del corazón de Brasil como estuve aquella vez, pero nunca podré sentirme más lejos.

No me confundan, no es que yo sea una turista apasionada con Ipanema y Copacabana, cenas en Leblom y shopping en São Conrado. Que ame el Pão de Açúcar y el Cristo Redentor, que guste de Salvador, del Palácio da Alvorada, Guaratinguetá o el carnaval no me hace turista. No soy de ahí, como tampoco soy de aquí ni de ningún lugar. Pero no soy turista en ningún sitio tampoco. Nunca podré explicar el sentimiento de claustrofobia que provoca un lugar tan grande, del que no quieres salir, pero del cual necesitas escapar con mucha urgencia. Me sentía atrapada en medio de las noches de lluvia. De alguien con un sombrero y un cigarro, y pronunciando las erres. De chicas lindas y esbeltas que eran todo lo opuesto a cualquier cosa que pudieran parecer. De hombres lindos de los cuales había que tener mucho cuidado. Pareciera que no hay mucho que hacer ahí, pero sí hay. Todo parece al revés, y nada es cierto. Ese lugar me desespera. Me atrae. Me desespera.

- Por esa carretera, se llega a Río de Janeiro, moza.

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